Nuestra vida se basa en acciones monótonas a veces alteradas por ciertas actividades que la hacen un poco menos difícil y más entretenida. Para alterar un poco la rutina de mis días, escribo, canto, pinto, intento plasmar un poco del arte que llevo dentro para intentar entender que tengo aquí, en mi interior. Estoy limitada, pero intento que unos pocos más puedan comprobar este mínimo arte que consigo extraer de mi nudo mental y que se sientan bien viéndolo.
Hoy, ha habido un pequeño punto final del trayecto hasta el comienzo del final -o algo así parece-. El problema es: ¿es de verdad así, o simplemente me guío por estúpidas obsesiones?
Ahora, ¿qué? Debo decidir entre seguir muriendo de rabia o arriesgarme a lanzar mi vida por la borda y perder la oportunidad de ser feliz. Entre ganar posibles remordimientos o sentir arrepentimiento. Entre seguir subida al tren, vaya a donde vaya, o arriesgarme a bajar y no poder coger otro de nuevo.
Esto es demasiado lioso...
Sentada en la cafetería, siempre sin tomar nada. Se sienta recta en la mesa que se encuentra junto a la ventana y observa, sin hacer un mínimo movimiento, cómo despega cada avión y cómo se adentran en el inmenso cielo, como se pierden en la distancia. Mira los aviones en los que no subirá y en los que tampoco sueña ni piensa viajar algún día de su vida. Acude allí cada mañana a las once en punto y no se marcha hasta que el reloj de la cafetería da las dos exactas. Como si esperara a algún conocido que se hubiera ido de viaje y aun no hubiera vuelto.
El sonido ensordecedor de las máquinas voladoras llenaba el café cada vez que despegaban y ella las seguía con la mirada cruzar la pista.
- Oye, ¿y esa chica de allí? -preguntó la limpiadora -. Siempre la veo sentada en el mismo lugar. Aquí, en el aeropuerto, es raro ver a la misma gente varios días, ¿no?
- Sí, es un poco rara. Sólo se sienta y mira hacia la ventana -respondió la camarera, mirando a la muchacha mientras secaba un vaso de cristal con el trapo.
- ¿Y la dejas estar sin consumir?
- Al principio le ofrecía café y lo aceptada, pero no se lo bebía. Para eso, la dejo estar aquí sin tomar nada y punto.
- Mmm... -rumió la trabajadora -. Estará deprimida, pobre chica.
Y allí queda la muchacha, esperando eternamente en el café del aeropuerto. El viejo café Marina, dónde años atrás, se había sentado por primera vez esperando a que se hicieran las doce. Esperando a que quién fue su amor, cumpliera su palabra y bajara del avión en el que había dicho ir. Ese avión, en el que nunca llegó y al que ella esperó y esperó hasta perder la razón.
Nada más poner un pie en el suelo encharca- do de la calle, reconocí el coche estaciona- do metros más a la derecha.
Las luces estaban encendidas, y las gotas de la lluvia se dejaban ver a través de la luz roja de los faros traseros que brillaban junto a las farolas de la oscura noche. Me puse la capucha y caminé hacia allí. Abrí la puerta, tomé asiento y, tras cerrar, me volví a descubrir la cabeza. - Hola -tomó la palabra. - Hola. Oía el sonido de la lluvia chocar contra los cristales y veía las gotas resbalar por la luna. Sonaba una canción en la radio, a poco volumen. - Te gustaba -comentó Rubén. - Me sigue gustando -aclaré, sin moverme y sin dejar de mirar al frente. - Pensaba que también habrías cambiado de gusto. - Eso no lo puedo cambiar. Siguen gustándome las mismas cosas -respondí. Él, quedó en silencio. Supuse, que los dos estábamos pensando lo mismo. - Bueno, todas no -añadí. Sentí dureza en mis palabras y la expresión que adoptó Rubén confirmó mis pensamientos. No habló. Lo agradecí. - Bueno, buenas noches -me apresuré a volver a salir del vehículo, intentando evitar que él comentara algo sobre lo que yo acababa de confesar (o más bien, lo que acababa de mentir) y puse un pie fuera. - A mí sí me siguen gustando las mismas cosas -me paralizó. Quedé con un pie fuera, y mi cuerpo dentro de su coche, pero no le miré -. Con la diferencia de la música. ¿Sabes?, yo escuchaba música fuerte, alegre. Hace tiempo que solo oigo música lenta, música con letras preciosas... con significado. Pero, por lo demás, me siguen gustando las mismas cosas: el fútbol, leer, tocar la batería, la biología... tú. No, que no siguiera, por favor. Iba a marcar esas palabras en mi piel cual tatuaje. No podía seguir allí. - Buenas noches -salí a enfrentarme con la lluvia. En ella, al menos, nadie podía saber si las gotas mojaban mi rostro o si mis ojos estaban llorando de verdad.
- La vida es esto, es problemas. La vida es arrepentirse, dudar, sufrir. Es incomprensión, es sentirse sólo, es llorar, reír. La vida es perder a gente y encontrar a otra. Es odiar, es amistad, es amor. Todo eso es la vida, y lo importante es llegar a viejo y decir: 'Yo he pasado esto, esto y aquéllo. Pero aquí estoy, y voy a morir. Pero voy a morir feliz porque he superado todos los elementos de mi vida, y llegado a estar hoy aquí.'.
Hoy, recuerdo que aquél día quedé destrozada. Se me alteraron las ideas, mi mente se descontroló, deseé muchísimas cosas que sólo se quieren cuando estás al límite y perdí el norte. Dejé de andar por mi sola y necesité, más que nunca, que me ayudasen a sostenerme. Y, por mucho que haga mucho tiempo desde aquello, cambió el enfoque de mi vida. Ya no voy al mismo lugar y las metas no son las mismas. Yo pensé, e incluso dije, que nunca le haría sentir lo mismo a nadie, y ahora veo que mentí. Destrozan y destrozo. Siento ser egoísta.
Bueno, esta vez vamos a recurrir al talento ajéno, y es que esta canción no puede quedarse sin un lugar en este blog. Aquí os dejo la dulzura de Zahara y la preciosa letra de esta canción que, simplemente, toca fondo.
"Recuerdo que al llegar ni me miraste,
fui solo una más de cientos
y, sin embargo, fueron tuyos
los primeros voleteos.
Cómo no pude darme cuenta
que hay ascensores prohibidos,
que hay pecados compartidos,
y que tú estabas tan cerca.
Me disfrazo de ti.
Te disfrazas de mí.
Y jugamos a ser humanos
en esta habitación gris.
Muerdo el agua por ti.
Te deslizas por mí.
Y jugamos a ser dos gatos
que no se quieren dormir.
Mis anclajes no pararon tus instintos,
ni los tuyos, mis quejidos.
Y dejo correr mis tuercas
y que hormigas me retuerzan.
Quiero que no dejes de estrujarme
sin que yo te diga nada.
Que tus yemas sean lagañas
enganchadas a mis vértices.
Me disfrazo de ti.
Te disfrazas de mí.
Y jugamos a ser humanos
en esta habitación gris.
Muerdo el agua por ti.
Te deslizas por mí.
Y jugamos a ser dos gatos
que no se quieren dormir.
No sé que acabó sucediendo,
sólo sentí dentro dardos.
Nuestra incómoda postura
se dilató en el espacio
Se me hunde el dolor en el costado,
se me nublan los recodos,
tengo sed y estoy tragando,
no quiero no estar a tu lado.
Me disfrazo de ti.
Te disfrazas de mí.
Y jugamos a ser humanos
en esta habitación gris.
Muerdo el agua por ti.
Te deslizas por mí.
Y jugamos a ser dos gatos
que no se quieren dormir.
Me moriré de ganas de decirte
que te voy a echar de menos…
Y las palabras se me apartan,
me vacían las entrañas
Finjo que no sé, y que no has sabido.
Finjo que no me gusta estar contigo…
Y al perderme entre mis dedos
te recuerdo sin esfuerzo
Me moriré de ganas de decirte
que te voy a echar de menos.
Me moriré de ganas de decirte
que te voy a echar de menos..."
Esto es como una gran metáfora dividida en partes, con sus respectivas motas de felicidad y sus palabras distantes, tristes y vacías. Pero te va limpiando por dentro, es como soltar la cuerda después de horas tirando de ella y ver como se escapa. Es una liberación, es un vacío de dolor. Simples letras, para otros, con un cúmulo de signifcado inentendible.